¿Por qué mimamos a los ejecutivos extranjeros?

Es algo que sucede en muchos ámbitos de la vida empresarial mexicana: el alto número de extranjeros que se ha posicionado en puestos creativos, gerenciales y directivos. Es algo, también, que genera reacciones encontradas ante la carencia de datos concluyentes que expliquen el fenómeno en todas sus aristas.

No es que no exista información al respecto, pero ésta resulta a veces tan contradictoria que sólo contribuye a la confusión. Por cada consultora que sostiene que el fenómeno obedece a factores como los altos sueldos de los “mimados” ejecutivos mexicanos (lo que torna compleja su contratación), así como a la propia naturaleza de las grandes corporaciones internacionales a disponer de recursos humanos propios, existe otra fuente que asegura que casi siempre un ejecutivo importado generará más gastos y enfrentará una curva más larga de aprendizaje que uno nacional (lo que en parte valida la opinión de de que se les importa más por un asunto de desconfianza que por una genuina necesidad). También existe otra hipótesis: las compañías siempre tratan de salvar a los ejecutivos de su país de origen si éste entra en crisis (lo que explicaría la migración de altos ejecutivos hispanos a las oficinas mexicanas de las grandes trasnacionales españolas, por ejemplo.)

En mi opinión, en la esfera de las corporaciones globales, la heterogeneidad internacional debe ser el nombre del juego: los departamentos de RH están obligados a seleccionar al hombre o mujer con el mejor perfil para el puesto, sea que esté en la oficina de China, Alemania o Suecia. Puede funcionar al revés: no es ya tan raro ver a ejecutivos mexicanos en puestos de alto nivel en el extranjero.  De esas situaciones, ni hablar. Mi preocupación más bien obedece a lo que pasa en algunas compañías de menor alcance global, cuyos reclutadores a veces muestran una curiosa preferencia por lo extranjero (y aquí me refiero al estereotipo del extranjero: alto, blanco y guapo).

¿Será que los extranjeros cuentan con más credenciales académicas que los mexicanos o gozan de más experiencia? ¿O será por otra dinámica, rara vez expresada por una equivocada idea que algunos tienen de la corrección política: que el mexicano es racista y aún piensa que una persona blanca, alta y extranjera es más valiosa que otro prospecto con credenciales similares, pero paisano, bajito y de tez morena? Ese es el argumento que muchos profesionistas esbozan cuando explican los motivos por los que el puesto al que aspiraban fue ocupado por un extranjero. Lo que no significa, desde luego, que tengan la razón (muchos, imagino, de plano no se merecían el trabajo), pero seamos honestos, ¿estamos en condiciones de afirmar que el factor imagen no juega un papel sustancial en el criterio de reclutamiento seguido por las empresas?

Todos discriminamos, y con frecuencia sin estar plenamente conscientes de ello. En el libro Blink (The power of thinking without thinking), titulado en México bajo el nombre de Inteligencia Intuitiva, Malcolm Gladwell emprende una serie de análisis sobre la manera en que nuestro cerebro elabora esta clase de criterios. El estudio más significativo consistía en tomar la lista elaborada por la revista Fortune de las 500 empresas más importantes e investigar cómo lucían los CEO’s de tales compañías. El resultado mostraba cosas por todos conocidas (el que la mayoría fuera de tez blanca era de esperarse en la nación estadounidense), pero también arrojaba algunos datos increíbles. Por ejemplo, el 60 por ciento de los CEOs era de una altura mayor a los 1.80 metros. En términos grosos, el porcentaje de varones estadounidenses que mide más de 1.80 metros no supera el cuatro por ciento, pero en el ámbito de los directores de las corporaciones enlistadas por Fortune, ese porcentaje era de casi el 60 por ciento.

¿A qué obedece este fenómeno? De acuerdo con Gladwell, los reclutadores de estas empresas tienden a asociar inconscientemente la altura con cualidades como el liderazgo, la responsabilidad y la personalidad asertiva. Desde luego que la altura no tiene nada que ver con que una persona posea o no estas cualidades, y seguramente ningún reclutador respondería afirmativamente si se le preguntara al respecto; sin embargo, por una serie de factores culturales y sociológicos, el subconsciente de los reclutadores percibía con agrado a las personas altas, por lo que tendía a inclinar la balanza a su favor. Si esto sucede en otras naciones más desarrolladas, y con elementos tan inocuos como la altura, ¿no podría suceder algo similar con los reclutadores mexicanos ante la noción de que “lo extranjero es mejor”?

Ya es hora de analizar nuestra conducta con más rigor. Una persona genuinamente global es una persona que rechaza la discriminación. Punto. Y la mejor manera de acabar con la discriminación es tomando conciencia de ella.

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