Lo que Slim debería aprender de Gates

Como todos los años, la revista Forbes divulgó en septiembre su ya clásica lista de los personajes más acaudalado de Estados Unidos. Bill Gates continúa siendo la persona más rica de la nación americana, con una fortuna valorada en 66,000 millones de dólares.

Tras el fundador de Microsoft se mantiene, en el segundo lugar, el inversor Warren Buffet (46,000 millones), y en el tercero Larry Ellison (de Oracle), con bienes por valor de 31,000 millones.  Gates, empero, no es el individuo más rico del mundo; tal distinción le pertenece a Carlos Slim, líder de Grupo Carso, cuya fortuna asciende a más de 69,000 millones. Slim ocupa desde hace varios años el primer lugar mundial y no muestra signos de aflojar el paso. Gates abandonó a mediados de la década pasada la batuta de Microsoft para dedicarse 100 por ciento a la filantropía; Slim, en cambio, aún detenta la última palabra en la toma de decisiones de su emporio, si bien no lo hace ya de manera oficial.

La manera en que visualizamos a ambos personajes evidencia que no hay nada más voluble que la percepción humana.

Actualmente, la opinión pública mundial admira a Bill Gates. Y hace bien. No sólo porque literalmente cambió al mundo, sino porque a últimas fechas es también un hombre preocupado en salvar al planeta: del 2000 a la fecha, se calcula que la Bill and Melinda Gates Foundation han dado más de 100,000 millones de dólares a iniciativas filantrópicas abocadas a la educación y la salud. Hoy, Gates invierte el mismo capital de energía y atención a estas causas que el que guardaba para sus actividades empresariales. Ese es el actual trabajo de Bill, y es uno que dará mucho de que hablar en los próximos tiempos.

Las metas de la Bill And Melinda Gates Foundation son tan ambiciosas como reducir progresivamente la hambruna en África y acercarse más a la invención de una vacuna contra el SIDA.

En los 90 la percepción sobre Gates era diametralmente opuesta. Si bien sería una exageración afirmar que la administración del entonces presidente William Clinton lo llegó a considerar como un peligro para la nación estadounidense, el trato público que se le daba a Gates era casi antagónico, pues Microsoft se encontraba inmersa en una serie de demandas antimonopólicas debido a las exigencias que imponía a clientes y proveedores a causa del dominio del sistema operativo Windows (críticas que, proporciones y espacios guardados, no son tan distintas a las que con frecuencia se escuchan contra Telmex, con la salvedad de que la hegemonía de Windows es mundial).

Los ataques eran frontales e iban de veladas amenazas consistentes en llevar al entonces CEO del titán tecnológico a audiencias en los tribunales, a agresivas portadas de revistas en contra de Gates y su soberbia monopólica, pasando por divertidas cadenas de e-mails que sostenían que Bill era el mismísimo anticristo.  ¿Qué ha cambiado?  Se podría argumentar que la emergencia de Google, Apple y Facebook le arrebató los reflectores a Microsoft, colocándola en un lugar menos visible, y por tanto, menos vulnerable ante la opinión pública. No obstante, eso implicaría restarle crédito al factor que explica cómo es que el hombre más rico de América pueda ser reverenciado casi como un santo en 2012: la reinvención de Gates y su legado a través de la RSE.

El cambio de imagen del fundador de Microsoft no consistió en una serie de medidas cosméticas diseñadas para hacerlo parecer una persona más “noble”, sino en una toma de conciencia respecto al papel que le tocaba desempeñar como el hombre de mayores recursos económicos en el mundo; fue, en otros términos, una reorientación de prioridades: una vez que un empresario  alcanza cierta edad y cierto número de triunfos materiales, debe cuestionarse cuál va a ser su legado. Gates se lo cuestionó y tomó una decisión, la de ser responsable.

Quizá las críticas contra Microsoft nunca se evaporen, más aún, quizá toda empresa hegemónica (llámese Microsoft o Telmex) que rebase cierto nivel de riqueza esté condenada, con o sin razón, a ser ubicada en el banquillo de los acusados a causa de algún aspecto relacionado a la posición ventajosa con la que compite. Es inevitable. La diferencia estriba en si el grado de crecimiento de estas corporaciones va aparejado con un aumento proporcional en su nivel de compromiso social, como ha sido el caso con Microsoft.

Bajo ese contexto, en contraposición a lo que sucede con Gates, cuando se piensa en Slim y su imperio los términos que se vienen a nuestra mente son: monopolio, altos precios, baja competitividad tecnológica, voracidad empresarial, y todo un rosario de imágenes negativas que, irónicamente, no son tan disímiles a las que se usaban para describir al Microsoft de los 90.

El punto es si, al igual que sucedió con Gates, la opinión pública cambiará la percepción negativa que ahora guarda sobre Slim. No es que el ingeniero sea ajeno a esfuerzos de RSE; de hecho, sus empresas han destinado varios miles de millones de dólares a diversos esfuerzos a favor de la educación y el desarrollo en zonas marginadas mediante los brazos filantrópicos de sus fundaciones. El saldo, sin embargo, continúa siendo insuficiente ante el tamaño e importancia de Grupo Carso. Slim ha declarado que su vida se encuentra en un momento en que forjar un legado pesa más que el mero deseo de obtener ganancias. ¿Ese legado consistirá en una reinvención de su persona y marcas a través de una inmersión total en la RSE? Al tiempo.

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